Tal vez, lo que yo buscaba era alguien que me leyera la mente. Alguien que, en cuanto me mirase de refilón, supiera lo que se me estaba pasando por la cabeza. Mi preocupación, mi tristeza, mis películas de ciencia ficción dignas de Óscar. Lo que quería es que me cogiera de los hombros y, mirándome a los ojos fijamente y con seriedad, me dijera: a ti lo que te pasa es que estás celosa. Te sientes mal contigo misma porque piensas que las demás son mejor que tú, pero no, no es así. Pueden haber mil mujeres en el mundo que tú siempre serás la elegida, la chica de mi vida.
Eso es lo que quería yo. Encontrar esa comprensión que, en esos momentos, no sabía muy bien dónde se encontraba. Comprensión o adivinación, no lo sé. Ya te digo, sólo quería a alguien que supiera leerme el corazón. Y mi duda más frugal era esa. ¿Él de verdad sabe leérmelo?. Le escuchaba mientras me hablaba de la noche anterior, la del Casino. Oía sus palabras y, por dentro, me llenaba de lágrimas. ''Lo que se tendría que hacer es poner dos fichas en cada lado; te darían una más por cada una de ellas...''. Esa tarde él tenía que ir al fútbol, pero al final se quedó en casa porque su primo no podía acompañarle. Se quedó conmigo. Y es curioso, porque hay miles de esas tardes de fútbol en las que le intenté convencer para que no se fuera y para que pasara lo que quedaba de domingo conmigo. Y no, no lo hizo. Y ese día, justamente que su primo no podía, me lo dice. ''Me apetece más quedarme contigo''. Burda hipocresía...
La cuestión es que no me alegré. Pensé que, justamente, una tarde en la que tampoco me moría por estar sin él, se quedaba conmigo. Y, está bien, tampoco me decepcionaba. Ni me entusiasmaba, a decir verdad. Estaría con él, pasaría más horas de las previstas con él y punto. Me siento mal al contar esto...
Puede que, realmente, la rutina pueda con todo. Puede que sea verdad que el amor no es más que un frágil lazo que, si lo fuerzas, se tensa y se rompe. Y es una realidad que muchas veces no queremos ver, pero dentro de nosotros sabemos que está. Lo que pasa es que resultaría demasiado doloroso reconocer que el amor ha acabado, o que ha mudado de piel, para que suene menos violento. Pero, sin embargo, aún me sigo poniendo celosa cuando pienso que mira a otra. O cuando no me aprieta contra sí viendo una película, o cuando no me manda un mensaje cariñoso. Tal vez me estoy revelando ante una falta de amor y me estoy desilusionando, no lo sé. Puede que ya haya sobrepasado los límites del sufrimiento que podía aguantar con él. Y no con grandes cosas, sino con las pequeñas cosas que han ido ocurriendo día a día. Pensamientos tan distintos, palabras tan distintas, modos de actuar tan distintos... Y siempre intentando que encajaran y que esa disonancia no causara problemas. Te acabas dando cuenta de que sí, que entre lo diferente siempre se crean fricciones. Roces que desgastan lo bonito de recorrer un camino juntos. Una incomprensión que te enmudece y se lo pone más difícil. Un intentar acertar y no poder, porque ya nunca se acierta con lo que se dice; porque cuando el castillo de naipes empieza a desvanecerse ya no hay quien lo pare. Lleva preguntándomelo desde hace tiempo. ¿Me quieres?. ¿Me quieres?... Y cuando le respondo con un mensaje siento que me está descubriendo mientras me mira a los ojos. Sin mirarme, siento que adivina que estoy mintiendo. Te quiero, pero ya no sé si de la misma manera. Y puede que suceda eso, que tú no estés preparado para verlo, y yo hasta ahora tampoco. Puede que los dos no queramos enfrentarnos a esto, no lo sé. Justo me lees el corazón cuando menos quiero que lo hagas...
domingo, 17 de abril de 2011
jueves, 7 de abril de 2011
Mis escaparates
Deberíamos colocar nuestras experiencias y recuerdos en dos escaparates. Un escaparate en la derecha, lleno de las vivencias que nos hicieron sufrir y de los momentos que, desafortunadamente, a veces nos atacan inesperadamente. Y, en el otro escaparate, en el de la izquierda, colocar todos esos instantes azucarados, alegres o pequeños pero significativos. Me he dado cuenta estos últimos días de que yo tengo ambos escaparates; lo que me ocurre es que tengo el defecto de pararme con mi moto imaginaria frente al escaparate de cachibaches que me lastran y me dificultan el camino. Sin embargo, cuando sólo miro a la izquierda, a la parte donde están las cosas más bonitas, me animo. Sólo hace falta un cambio de dirección de la mirada para continuar. No hablo de un cambio de pensamiento, ni de mentalidad. Sencillamente, un cambio en la dirección de tus ojos. Olvidarte del puñetero escaparate de la derecha y continuar, fijarte sólo en las pequeñeces que te endulzan los días. Y seguir así, cada uno en nuestro vehículo imaginario, recorriendo nuestro camino sin pensar en lo que no te merece la pena pensar...
domingo, 3 de abril de 2011
Qué-an.gus-tia...
Lo que me pasa es que, a veces, me siento en un teatro grandioso, con cientos de millones de actores y actrices insuperables, figuras que interpretan sus papeles como nadie. Personas que son y actúan así porque les viene de nacimiento o porque las circunstancias les obligaron o les incitaron a ser de una determinada manera. Divertidos o sosos, inteligentes o tontos, originales o no. Pero, últimamente, lo que más abunda son personas a las que les gusta aparentar para que ''el otro'' crea que, piense que, opine que. Muchos de los actores y actrices de la obra que presencio no son más que burdos perdedores que, simplemente, quieren vender una imagen de falsa felicidad, de despreocupación o de indiferencia. Quizás, una imagen mentirosa que les ayuda a convencerse de que no todo está perdido, ya no por aparentar, sino por la ingenua idea de creerse su propia mentira y sentirse verdaderamente felices. Pero, por dentro, sé muy bien cómo se sienten. A veces, me siento tan en simbiosis con el medio que me confundo con ellos. Sé lo desgraciados que se sienten algunos, intentando convencerse a ellos mismos y a los demás de lo ficticiamente satisfechos que están con sus vidas. Hay ocasiones en las que incluso me creo sus mentiras y me siento una completa inútil, pero luego lo pienso: ¿de qué les vale? al fin y al cabo, ¿qué importa lo que piensen los demás?. Al final, lo único que vale es lo que pienses tú de ti mismo, sin la aprobación de esa masa que, muchas veces, juzga por lo que les pareces y no por lo que te conocen...
miércoles, 16 de marzo de 2011
De madrugada
El motivo de que esté escribiendo a las 04:36 de la madrugada, nada más llegar de una noche de fiesta y de ingestión de más de un litro de sustancias alcohólicas, es el bienestar. El bienestar con una misma, concretamente. Porque sí. Hoy, es una de esas noches en las que, yéndome a dormir, pienso: tengo que plasmar lo que siento, porque sé que esta sensación no volverá hasta dentro de un tiempo. Hasta que vuelva a sentir que hago algo útil por alguien. Que algo sentir bien a alguien. Y, tal vez, es algo que hago habitualmente sin darme cuenta, pero sólo hay unas pocas veces que lo percibo. Y cuando lo percibo me siento tan bien...
Podría describir esta noche de mil maneras, pero sólo quiero centrarme en una. Ver a una amiga mía triste, preocupada por el miedo a una posible transición sentimental. Natural, como la vida misma. Ver que todo aquel que pasa y le pide que se anime, viene y va sin pena ni gloria. ''¡Vamos, Colomer, que son fallas!'', ''Vamos, no estés mal, no tiene sentido, disfruta...'', ''Están todos tus amigos aquí, ¡alégrate!''. En fin, tonterías que solemos decir cuando realmente no sabemos cómo ayudar a alguien. Deberíamos saber profundizar, inspeccionar, averiguar el por qué de los estados de ánimo. Todo tiene un desencadenante, y la consecuencia es la sensación, errónea o cierta, pero es así. Así que, después de ver a mi archienemiga intentando animar a mi amiga con una serie de sendeces humildes pero inútiles (entre las que nombra el dicho de ''pero si están todos tus amigos aquí, ¡alégrate! están Sandra, Noelia, Ana...''), comienzo a hablar yo con ella. Con una seguridad que ni yo misma entiendo, un poco ebria, pero sabiendo lo que decía. Siendo completamente consciente de todo. Clara, sensata, sencilla, con una expresión verbal impecable. Serena, como pocas veces me muestro. Así que veo que, en esa parrafada oral que le regalo -útil, aunque parrafada-noto sus ojos suplicantes mirarme de vez en cuando, como preguntándome con ellos qué es lo que debía hacer. Y yo hablo, le comento, le aconsejo, le guío lo mejor que puedo y que sé. Y mi archienemiga, de nuevo, repite lo mismo que le he dicho yo pero más vulgarmente -ella es así. Simple. Patética-. Mi amiga, mientras, con la cabeza agachada. ''Pero no sabes ni la mitad, Amparo... No lo sabes...''. Seria, insatisfecha, decepcionada, sin ganas de darle explicaciones. Y mi archienemiga empieza a preguntarle para guiar la respuesta. Mi amiga, incómoda, la sigue. Le responde como puede. Y, de pronto, sin más ni menos, en un silencio pensativo, empieza a llorar y se abraza a mi. Se lanza y me abraza, como si con ello fuese a solucionar algo. Y yo, con todo mi corazón, la abrazo.
Hay veces que, como he dicho antes, no nos vale una simple razón burda y barata para animarnos. Debemos instalarnos en el interior del otro y ver desde ahí la situación, aunque con la objetividad de alguien que pretende ayudarnos. De ese modo, nos ayudamos a nosotros mismos como si fuera otra persona la que, desde nuestro interior, nos conduce a ello. Ojala pudiera acordarme con detalle de toda la conversación, que ha durado al menos dos horas. Y, mientras hablaba, notaba como todos los presentes me escuchaban. Medio alucionados, medio sorprendidos de que yo fuese capaz de recapacitar así, de reflexionar de ese modo. He sacado una parte muy mía sin darme cuenta, o siendo consciente de ello, pero dejándome llevar, que es lo que cuenta. Dejándome fluir con naturalidad, siguiendo la corriente del momento, del mismo presente. Y, al terminar de dar mi explicación, veo las caras de todos y escucho decir a Rafa: joder, Ana... Qué razón tienes. Y la cara de Mar, de Sandra, de Jhon, de Sergio. De Colomer. Como si nunca hubieran llegado a la conclusión a la que yo llegué o, tal vez, como si nunca lo hubieran planteado de esa manera. Me siento tan satisfecha de haber mostrado parte de lo que soy... No sé por qué me cuesta tanto. Cuando lo hago, sorprendo a la gente que me rodea, y para bien. Me sorprendo hasta a mi misma, la claridad de mis ideas y mi seguridad al comunicarlas. Sólo me ocurre en momentos puntuales, pero qué momentos. Son tan valiosos que soy capaz de dormirme casi a las 5 de la mañana para poder plasmarlo en algún lado, todo por no olvidarlo.
Y luego Sandra, igual, triste y sobria perdida. Ella y sus confusiones. Naturales, como siempre. Todo en esta vida -o casi todo- es natural. Y también la ayudo. Me da igual perderme la noche de fiesta, la música o las fotos con la gente. Me importa más hacer algo bonito por alguien, algo como escuchar e intentar calmar la tormenta que a veces acucia en el interior de las personas. La verdad, me preocupa mucho más. Me cago en las apariencias.
Y lo bueno que pienso que tengo es que soy leal. Leal como el perro que lleva conviviendo con su amo desde que vio la luz. Porque, aunque yo vaya y venga, siempre estoy ahí. Estoy en lo bueno, pero sobre todo en lo malo. Y, para mi, eso es lo importante, porque es muy bonito estar cuando todo pinta bien, pero lo que verdaderamente importa es estar cuando a uno le necesitan. Y yo pienso que lo estoy, para quien me llame.
Podría describir esta noche de mil maneras, pero sólo quiero centrarme en una. Ver a una amiga mía triste, preocupada por el miedo a una posible transición sentimental. Natural, como la vida misma. Ver que todo aquel que pasa y le pide que se anime, viene y va sin pena ni gloria. ''¡Vamos, Colomer, que son fallas!'', ''Vamos, no estés mal, no tiene sentido, disfruta...'', ''Están todos tus amigos aquí, ¡alégrate!''. En fin, tonterías que solemos decir cuando realmente no sabemos cómo ayudar a alguien. Deberíamos saber profundizar, inspeccionar, averiguar el por qué de los estados de ánimo. Todo tiene un desencadenante, y la consecuencia es la sensación, errónea o cierta, pero es así. Así que, después de ver a mi archienemiga intentando animar a mi amiga con una serie de sendeces humildes pero inútiles (entre las que nombra el dicho de ''pero si están todos tus amigos aquí, ¡alégrate! están Sandra, Noelia, Ana...''), comienzo a hablar yo con ella. Con una seguridad que ni yo misma entiendo, un poco ebria, pero sabiendo lo que decía. Siendo completamente consciente de todo. Clara, sensata, sencilla, con una expresión verbal impecable. Serena, como pocas veces me muestro. Así que veo que, en esa parrafada oral que le regalo -útil, aunque parrafada-noto sus ojos suplicantes mirarme de vez en cuando, como preguntándome con ellos qué es lo que debía hacer. Y yo hablo, le comento, le aconsejo, le guío lo mejor que puedo y que sé. Y mi archienemiga, de nuevo, repite lo mismo que le he dicho yo pero más vulgarmente -ella es así. Simple. Patética-. Mi amiga, mientras, con la cabeza agachada. ''Pero no sabes ni la mitad, Amparo... No lo sabes...''. Seria, insatisfecha, decepcionada, sin ganas de darle explicaciones. Y mi archienemiga empieza a preguntarle para guiar la respuesta. Mi amiga, incómoda, la sigue. Le responde como puede. Y, de pronto, sin más ni menos, en un silencio pensativo, empieza a llorar y se abraza a mi. Se lanza y me abraza, como si con ello fuese a solucionar algo. Y yo, con todo mi corazón, la abrazo.
Hay veces que, como he dicho antes, no nos vale una simple razón burda y barata para animarnos. Debemos instalarnos en el interior del otro y ver desde ahí la situación, aunque con la objetividad de alguien que pretende ayudarnos. De ese modo, nos ayudamos a nosotros mismos como si fuera otra persona la que, desde nuestro interior, nos conduce a ello. Ojala pudiera acordarme con detalle de toda la conversación, que ha durado al menos dos horas. Y, mientras hablaba, notaba como todos los presentes me escuchaban. Medio alucionados, medio sorprendidos de que yo fuese capaz de recapacitar así, de reflexionar de ese modo. He sacado una parte muy mía sin darme cuenta, o siendo consciente de ello, pero dejándome llevar, que es lo que cuenta. Dejándome fluir con naturalidad, siguiendo la corriente del momento, del mismo presente. Y, al terminar de dar mi explicación, veo las caras de todos y escucho decir a Rafa: joder, Ana... Qué razón tienes. Y la cara de Mar, de Sandra, de Jhon, de Sergio. De Colomer. Como si nunca hubieran llegado a la conclusión a la que yo llegué o, tal vez, como si nunca lo hubieran planteado de esa manera. Me siento tan satisfecha de haber mostrado parte de lo que soy... No sé por qué me cuesta tanto. Cuando lo hago, sorprendo a la gente que me rodea, y para bien. Me sorprendo hasta a mi misma, la claridad de mis ideas y mi seguridad al comunicarlas. Sólo me ocurre en momentos puntuales, pero qué momentos. Son tan valiosos que soy capaz de dormirme casi a las 5 de la mañana para poder plasmarlo en algún lado, todo por no olvidarlo.
Y luego Sandra, igual, triste y sobria perdida. Ella y sus confusiones. Naturales, como siempre. Todo en esta vida -o casi todo- es natural. Y también la ayudo. Me da igual perderme la noche de fiesta, la música o las fotos con la gente. Me importa más hacer algo bonito por alguien, algo como escuchar e intentar calmar la tormenta que a veces acucia en el interior de las personas. La verdad, me preocupa mucho más. Me cago en las apariencias.
Y lo bueno que pienso que tengo es que soy leal. Leal como el perro que lleva conviviendo con su amo desde que vio la luz. Porque, aunque yo vaya y venga, siempre estoy ahí. Estoy en lo bueno, pero sobre todo en lo malo. Y, para mi, eso es lo importante, porque es muy bonito estar cuando todo pinta bien, pero lo que verdaderamente importa es estar cuando a uno le necesitan. Y yo pienso que lo estoy, para quien me llame.
domingo, 13 de marzo de 2011
Azúcar
No busca las llaves. Busca un poco de suerte, justo la que necesita. En la vida no resulta tan fácil encontrar bolsitas de azúcar que la hagan menos amarga...
domingo, 6 de marzo de 2011
Can anyone explain?
No. No hay nadie que lo pueda explicar. Esta plenitud, esta serenidad. Estas ganas de ser yo, sin miedo; este increíble momento de sentirme tan, tan querida. Mala virtud la de necesitar de la gente ese trocito de amor, ese suspiro que me alienta, ese empujón que me ayuda a mantener el poco equilibrio que tengo. Ya ves, amor. Gestos de amor, o un simple chapuzón de recuerdos que a veces se me olvidan por querer centrarme demasiado en lo que me preocupa. Bobadas. Antes de irme a dormir pensaré en todo lo bueno de hoy, en todo lo bueno de ayer y en todo lo bueno de antes de ayer. Y así día tras día. Algo cambiará, ¿verdad? Dejar de repasar cada noche lo que podría haber hecho mejor, lo que debería haber hecho y no hice o, sencillamente, lo que creí hacer mal. Es absurdo machacarse por lo malo cuando, cada día, siempre hay alguna pequeña cosa que te ocurre. Un mensaje de una persona que se preocupa o se pregunta por ti, una sonrisa gratuita, un abrazo, una caricia, unas palabras agradables. La verdad es que creo que estoy cansada de tanto chape por derribo en mi interior, de asumir culpas que no son mías o de pensar en lo que piensan. Pensar en lo que piensan y pensar que no piensan nada bueno. Ya ves, gilipolleces. Todo va de dentro hacia fuera, y cada día me doy cuenta más de ello... ¿Por qué a veces veo el mundo tan torcido? ¿Por qué a veces me parece que estoy inclinada hacia el lado equivocado? ¿Por qué me pasan tantas cosas buenas y las obvio porque pienso que las malas son más trascendentes? Tengo unos padres que me quieren, unos amigos que me quieren o que me guardan cariño, gente que me apoya aún o que me recuerda con cierta ternura. Gente a la que aún le intereso, que aún se pregunta por mi. En fin, que no, que si hace falta me lo diré en voz bien alta y clara: soy importante. Soy MUY IMPORTANTE, y el mundo, aunque parezca mentira, no sería igual sin mi. El mundo no sería igual sin alguien, aunque fuera una pequeña personilla. Aunque fuera sólo un poco, algo cambiaría. Y yo sé que algo cambiaría...
No te lo puedo explicar. Hoy no.
Hoy sólo te sé decir que soy importante. La más importante del mundo, por fin...
No te lo puedo explicar. Hoy no.
Hoy sólo te sé decir que soy importante. La más importante del mundo, por fin...
miércoles, 2 de febrero de 2011
Imagínatelo
Imagínate cómo sería llegar a tu casa y decir: ¿qué hago ahora? Ver la televisión, leer un libro, encender el ordenador... No tengo nada que hacer. No tengo nadie en quien pensar, sólo en mi. Podría irme a correr todos los días, apuntarme a clases de baile o volver a dibujar. Podría irme a nadar o quedar entre semana con los amigos que pudieran, o los que aún estuvieran ahí. Podría buscar trabajo y ocupar todas mis tardes y sábados a jornada completa en ello, sin importarme quedar con nadie ni pasar horas y horas con alguien. Imagínate en tu cama, mirando hacia tu derecha, puede que recordando. Imagíname preparando un desayuno con tostadas, mantequilla, mermelada y zumo para mi, solo para mi. Imagínate, llegando de tus clases semanales, bajando de tu coche y preguntándote: ¿qué hago ahora?. Imagíname a mi, volviendo de la Universidad en el metro, escuchando música, absorta y evasiva. Mirando a la gente, con el móvil en el bolsillo pequeño de la mochila, olvidado. Imagínate, muerto de ganas por tener alguien que te quiera, alguien a quien querer. Y yo, muriéndome por tener a alguien en quien pensar. Alguien que también piense en mi.
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